Los espectáculos de Múcura

A dos horas en lancha de Cartagena, hacia el suroccidente, se encuentra esta isla. Allí, en el hotel Punta Faro, los viajeros practican ‘snorkel’ y kayak. También pueden ver iguanas comiendo flores y visitan el islote de Santa Cruz.

El día comienza bien en Isla Múcura: con la arena suave de la playa del hotel Punta Faro. Foto: Juan Uribe

El día comienza bien en Isla Múcura: con la arena suave de la playa del hotel Punta Faro. Foto: Juan Uribe

La lancha que hace un rato llegó de Isla Múcura permanece anclada al fondo del arrecife de coral mientras la mecen las olas. Unos minutos atrás, durante el viaje de un cuarto de hora desde el hotel Punta Faro, algunos delfines dejaban ver sus aletas, como si quisieran preparar a los cuatro turistas que ocupaban la embarcación para lo que ahora están viendo bajo el agua.
Absortos ante un universo de colores, no les interesa nada más sino el espectáculo que contemplan a través de sus caretas, pocos metros bajo la superficie, donde estructuras que semejan cerebros enormes con laberintos grabados se levantan al lado de otras que tienen el aspecto de cactus con hojas planas y casi amarillas que apuntan al cielo.
Otros habitantes de esta vecindad submarina son erizos de espinas larguísimas; peces negros con puntos fosforescentes verdes y azules; morenas que se refugian entre las rocas y abren la boca hacia arriba como si fueran a engullir alguna presa; también, peces fucsia escondidos entre corales de color cobre; peces aguja plateados que brillan bajo la luz del sol filtrada en el agua. Los viajeros están tan distraídos que Juan Carlos Berrío, el guía que desde la embarcación se asegura de que sus pasajeros se encuentren bien, podría poner el motor en marcha e irse y ninguno se daría cuenta.
Ellos han estado entretenidos desde la víspera, cuando viajaron entre Cartagena y Múcura, una de las 10 islas que conforman el archipiélago de San Bernardo junto con las islas Boquerón, Palma, Panda, Mangle, Ceycén, Cabrana, Tintipán, Maravilla y un islote artificial (Santa Cruz del islote). En estos trozos de tierra, dispersos en un área de 213,3 kilómetros cuadrados en el norte del Golfo de Morrosquillo, la vida late a un ritmo pausado. Esto queda claro al desembarcar en Múcura, donde un letrero de madera da la bienvenida a los huéspedes: “Usted ha llegado al fin del afán”.

El almuerzo está servido para esta iguana: flores rojas de un árbol llamado uvita de playa. Foto: Juan Uribe

El almuerzo está servido para esta iguana: flores rojas de un árbol llamado uvita de playa. Foto: Juan Uribe

Es cierto. Después de tomar agua de coco bajo la sombra de un higuerón centenario, es irresistible el impulso de sacar de la maleta el vestido de baño, caminar hasta la playa para sentir la arena suave bajo los pies y entrar al agua verde, tibia y en calma de la pequeña bahía frente a la playa del hotel Punta Faro, donde cardúmenes de peces transparentes rozan las piernas. Allí, al flotar boca arriba en el mar, el organismo se deshace de la prisa que oprime la mente en la llamada ‘civilización’.

Arepas de huevo y otras delicias salen de la cocina de 'Los fritos de Nana', en el hotel Punta Faro. Foto: Juan Uribe

Arepas de huevo y otras delicias salen de la cocina de ‘Los fritos de Nana’, en el hotel Punta Faro. Foto: Juan Uribe

A vibrar en una onda de felicidad contribuye la comida, que es excelente: las arepas de huevo, la posta cartagenera y el arroz con coco, entre otras cosas. También ayuda presenciar espectáculos que ocurren todo el tiempo aquí y que sorprenden a los visitantes. Puede ser el de las maría mulatas – una aves de plumas negras algo azuladas¬– que se bañan en una fuente de piedra que arroja agua junto al restaurante o el de las iguanas que, bajo la mirada atenta de los huéspedes que descansan en la terraza de su habitación, comen las flores rojas de un árbol llamado uvita de playa.
Múcura mide 30 hectáreas, 10 de las cuales las ocupa el hotel Punta Faro. Desde aquí se ve hacia el norte la isla de Tintipán, a la que se llega en cinco minutos en lancha.

Los primeros pobladores de Barú comenzaron a llegar a Santa Cruz del Islote   en la primera mitad del siglo XIX. Desde entonces le han seguido ganando terreno al mar. Foto: Juan Uribe

Los primeros pobladores de Barú comenzaron a llegar a Santa Cruz del Islote en la primera mitad del siglo XIX. Desde entonces le han seguido ganando terreno al mar. Foto: Juan Uribe

Entre ambas está ubicado el islote de Santa Cruz, una colección de casas de colores apeñuscadas en una hectárea que parece haber sido trasplantada al Mar Caribe desde los cinturones de miseria de una ciudad. Allí, las casas de madera y de cemento pintadas de anaranjado, rojo, azul y amarillo traen a la memoria las fachadas del barrio de La Boca, en Buenos Aires.
En el islote las calles son tan estrechas que a veces es posible pasar de una acera a otra de un salto. Por las ventanas se asoman decenas de niños y brotan sonidos de acordeón de vallenatos. Las conversaciones y los gritos se sobreponen unos a otros y al frente de la única escuela, en la que se enseña hasta octavo grado, unos jóvenes descalzos disputan un partido de microfútbol en una cancha de cemento que tiene dos porterías de cerca de un metro de altura.
Al islote – explica Ricardo Ramos, guía en el hotel Punta Faro – comenzaron a llegar hace 165 años los primeros pobladores de Barú, que encontraron aquí un buen sitio para pescar. Desde entonces comenzaron a ganarle terreno al mar. “Esta es una isla que se fue agrandando con la caca del caracol y con piedras”, afirma Dionis Cordales, un pescador de 49 años que nació aquí.

Dionis Cordales (izquierda) y su hermano Guillermo conversan bajo la cruz pintada de azul, el monumento más importante de Santa Cruz del Islote. Foto: Juan Uribe

Dionis Cordales (izquierda) y su hermano Guillermo conversan bajo la cruz pintada de azul, el monumento más importante de Santa Cruz del Islote. Foto: Juan Uribe

Dionis está sentado cerca de la cancha de microfútbol, en los dos escalones sobre los que descansa la cruz pintada de azul, el monumento más importante de la comunidad. A su lado está su hermano Guillermo. Ambos vienen de una familia de 14 hermanos (siete hombres y siete mujeres).
Dionis tiene 49 años y gana dinero como buzo. Aunque su capacidad para bucear a pulmón ha disminuido (se ha reducido de los 32 metros de profundidad que alcanzaba en su juventud a los 15 de ahora), no cambia por nada su vida en el islote: “Esto es el fin del afán, el fin del estrés. No hay contaminación del aire ni ruido. En Cartagena uno puede salir y lo atropella un carro; aquí de pronto a un cayuquito lo golpea una lancha”, asegura y agrega que en esta época hay unas 540 personas en el islote, pero que la población aumenta hasta 900 cuando en vacaciones regresan los estudiantes que están en Cartagena y en Tolú.
Sobre la tranquilidad que se percibe entre los habitantes de la zona, Ramos añade que un factor determinante es el hecho de que en estas islas la gente no se enferma con frecuencia porque su dieta es sana y se fundamenta en lo que ofrece el mar: pargo rojo, cherna, langosta, caracol y pulpo, entre otras delicias. “Aquí no hay McDonald’s. El año pasado se murieron dos personas del islote: una vivía en Tolú y otra, en Cartagena”, añade.
De regreso en el hotel Punta Faro, los turistas se divierten en la playa. Algunos salen en un kayak para darle la vuelta a la isla; otros se montan en un paddle board – una tabla sobre la que se avanza de pie, hundiendo un remo en el agua –; y unos cuantos se asolean o leen. Entre tanto, los cuatro viajeros que el guía Juan Carlos Berrío cuida desde la lancha siguen entregados al mundo que se revela ante ellos.
Como si quisieran fijar profundamente en el cerebro cada color, casi ni parpadean y siguen contemplando los erizos, los peces negros con puntos fosforescentes, las morenas, los peces fucsia, los corales de color cobre y los peces aguja plateados. Aunque les gustaría quedarse más tiempo en el agua, Juan Carlos les anuncia que es hora de partir. El sol ya comienza a caer y en el cielo se adivina un fuego de tonos naranja. Ese es otro espectáculo que tampoco quieren perderse.
*Invitación de VivaColombia y Hotel Punta Faro

Algunos salen en kayak (izquierda); otros se montan en un 'paddle board' – una tabla sobre la que se avanza de pie, hundiendo un remo en el agua. Foto: Juan Uribe

Algunos salen en kayak (izquierda); otros se montan en un ‘paddle board’ – una tabla sobre la que se avanza de pie, hundiendo un remo en el agua. Foto: Juan Uribe

Hay mucho para hacer
Algunas actividades en Punta Faro: kayak, snorkel, tenis y buceo. La aerolínea de bajo costo VivaColombia vuela entre Bogotá y Cartagena. Desde 69.900 pesos por trayecto. http://www.vivacolombia.co. Hotel Punta Faro. Desde 295.000 pesos por noche por persona (en acomodación doble), con tres comidas diarias; persona adicional, 190.000 pesos. Ida y vuelta desde Cartagena, 150.000 pesos. http://www.puntafaro.com

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